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sábado, 8 de agosto de 2015

lunes, 18 de febrero de 2013

Elegía menor, 1980, José Ángel Valente


El viernes,
treinta y uno de octubre
de este año cualquiera,
una mujer saltó
del puente de Vessy al río
Arve.
            Su cuerpo fue recuperado
por los hombres del puesto permanente.

El otoño asciende en avenidas,
procesional y enorme, hasta los bordes
amarillos del aire.

Salud, hermana.
                             En la noticia anónima
no te acompañan deudos
ni cercanos amigos.
                                  Sólo un rastro
de soledad arrastran sin tu cuerpo
los dolorosos ríos.

domingo, 17 de febrero de 2013

El crimen, José Ángel Valente

Hoy he amanecido
como siempre, pero
con un cuchillo
en el pecho. Ignoro
quién ha sido,
y también los posibles
móviles del delito.

Estoy aquí
tendido
y pesa vertical
el frío.

La noticia se divulga
con relativo sigilo.

El doctor estuvo brillante, pero
el interrogatorio ha sido
confuso. El hecho
carece de testigos.
(Llamada de portera,
dijo
que el muerto no tenía
antecedentes políticos.
Es una obsesión que la persigue
desde la muerte del marido.)

Por mi parte no tengo
nada que declarar.
Se busca al asesino;
sin embargo,
tal vez no hay asesino,
aunque se enrede así el final de la trama.

Sencillamente yazgo
aquí, con un cuchillo...
Oscila, pendular y
solemne, el frío.
No hay pruebas contra nadie. Nadie
ha consumado mi homicidio


jueves, 7 de febrero de 2013

José Ángel Valente. Fragmento II de “Cinco fragmentos para Antonio Tápies”

Mucha poesía ha sentido la tentación del silencio.  Porque el poema tiende por naturaleza al silencio. O lo contiene como materia natura. Poética: arte de la composición del silencio. Uno poema no existe si no se oye, antes que su palabra, su silencio.

domingo, 20 de enero de 2013

A Pancho, mi muñeco, José Ángel Valente



Perdona, viejo Pancho, el no ser por mi culpa
más que esto que eres,
el muñeco de un hombre.

Jamás podrás decir cómo te he obligado
a hacerme compañía:
sea nuestro secreto.

Yo te he liberado de una muerte temprana
(perdóname de nuevo)
entre la ingenua flor de la juguetería.
Te he librado por pena,
acaso por terror,
acaso por creer
(comprendo que no es cierto)
que me pertenecías.

Viejo Pancho de trapo,
de dulce trapo verde,
escribo este poema
copiándote de cerca,
del natural. ¡A ti!
A ti: quién lo diría.
Qué pocos lo dirían
que no te conociesen.

Y esto eres ahora,
el muñeco de un hombre.
Ya sé yo que aquel día
jamás te hubiese visto
a no ser por tus labios,
por tus inmensos labios
y tu enorme nariz
y tus zapatos, Pancho.

Porque tú, Pancho mío, no estabas esperándome.

Esperabas los ojos asombrados de un niño,
el paquete cerrado con lazos cuidadosos,
el grito de alegría.

¿Pero acaso -contesta-
no me has hecho mirarte
con los ojos remotos de otro niño olvidado?

Tú callas.
Sí, no ignoro
que no puedo engañarte.
Aquel niño no existe.
Acompañas a un hombre
que te obliga a durar
entre papel y días
y libros y sus sueños.

Qué historia, viejo Pancho,
durar a duras penas
de un lunes a otro lunes,
de un otoño a otro otoño,
mudar la risa en llanto,
el llanto en vida nueva,
los días en más días.
Te digo que estoy vivo,
en suma. Ya me entiendes.

Tú tienes tu casaca
con un remiendo sólo,
tu cuello almidonado
con su lazo impasible,
el gorro siempre puesto
(no te descubras nunca)
la negra piel de trapo
y los brazos abiertos
casi crucificados.

Porque también a ti
te hicieron (¡tan grotesco!)
hermoso Pancho mío, a nuestra imagen.

miércoles, 9 de enero de 2013

De "No amanece el cantor", José Ángel Valente





LENTAMENTE. Del otro lado. Yo apenas podía ahora oír tu voz.


EN MIS OJOS se agolpa repentina la luz. Como si tú, de pronto, volvieras a la vida.


SABÍAS que sólo al fin sabía yo tu nombre. No el que te perteneciera, sino el otro nombre, el más secreto, aquél al que aún pertenecías tú.


EN EL ESPEJO se borró tu imagen. No te veía cuando me miraba.


YO CREÍA QUE SABÍA un nombre tuyo para hacerte venir. No sé o no lo encuentro. Soy yo quien está muerto y ha olvidado, me digo, tu secreto.


ME PARECÍA AHORA como si quedase en suspenso el amor. Y no era eso. Tan sólo tú no volverías nunca.


NI LA PALABRA ni el silencio. Nada pudo servirme para que tú vinieras.


CUERPO DE un desconocido. Levantamiento de tu cuerpo en el atardecer anónimo. Ya no quedaba en ti señal alguna que te hiciera nuestro.


Y TU ¿de qué lado de mi alma estabas, alma, que no me socorrías?

José Ángel Valente



Porque es nuestro el exilio

                                               no el reino.

José Ángel Valente



AGUARDÁBAMOS la palabra. Y no llegó. No se dijo a sí misma. Estaba allí y aquí aún muda, grávida. Ahora no sabemos si la palabra es nosotros o éramos nosotros la palabra. Mas ni ella ni nosotros fuimos proferidos. Nada ni nadie en esta hora adviene, pues la soledad es la sola estancia del estar. Y nosotros aguardamos la palabra.

lunes, 7 de enero de 2013

Sé tú mi límite, José Ángel Valente

Tu cuerpo puede
llenar mi vida,
como puede tu risa
volar el muro opaco de la tristeza.

Una sola palabra tuya quiebra
la ciega soledad en mil pedazos.

Si tu acercas tu boca inagotable
hasta la mía, bebo
sin cesar la raíz de mi propia existencia.

Pero tú ignoras cuánto
la cercanía de tu cuerpo
me hace vivir o cuánto
su distancia me aleja de mí mismo
me reduce a la sombra.

Tú estás, ligera y encendida,
como una antorcha ardiente
en la mitad del mundo.

No te alejes jamás:Los hondos movimientos
de tu naturaleza sonmi sola ley.

Retenme.
Sé tú mi límite.
Y yo la imagen
de mí feliz, que tú me has dado.