Las rosas amo del jardín de Adonis,
esas volubles amo, Lidia, rosas,
que en el día en que nacen
en ese día mueren.
La luz para ellas es eterna, porque
nacen nacido ya el sol, y acaban
antes que Apolo deje
su curso visible.
Hagamos así nuestra vida *un día*,
inscientes, Lidia, voluntariamente,
que hay noche antes y después
de lo poco que duramos.
miércoles, 9 de enero de 2013
La ciudad, Kavafis
Dijiste: "Iré a otra ciudad, iré a otro mar.
Otra ciudad ha de hallarse mejor que ésta.
Todo esfuerzo mío es una condena escrita;
y está mi corazón - como un cadáver - sepultado.
Mi espíritu hasta cuándo permanecerá en este marasmo.
Donde mis ojos vuelva, donde quiera que mire
oscuras ruinas de mi vida veo aquí,
donde tantos años pasé y destruí y perdí".
Nuevas tierras no hallarás, no hallarás otros mares.
La ciudad te seguirá. Vagarás
por las mismas calles. Y en los mismos barrios te harás viejo
y en estas mismas casas encanecerás.
Siempre llegarás a esta ciudad. Para otro lugar -no esperes-
no hay barco para ti, no hay camino.
Así como tu vida la arruinaste aquí
en este rincón pequeño, en toda tierra la destruiste.
Otra ciudad ha de hallarse mejor que ésta.
Todo esfuerzo mío es una condena escrita;
y está mi corazón - como un cadáver - sepultado.
Mi espíritu hasta cuándo permanecerá en este marasmo.
Donde mis ojos vuelva, donde quiera que mire
oscuras ruinas de mi vida veo aquí,
donde tantos años pasé y destruí y perdí".
Nuevas tierras no hallarás, no hallarás otros mares.
La ciudad te seguirá. Vagarás
por las mismas calles. Y en los mismos barrios te harás viejo
y en estas mismas casas encanecerás.
Siempre llegarás a esta ciudad. Para otro lugar -no esperes-
no hay barco para ti, no hay camino.
Así como tu vida la arruinaste aquí
en este rincón pequeño, en toda tierra la destruiste.
martes, 8 de enero de 2013
Mensaje a las estatuas, Ángel González
Vosotras, piedras
violentamente deformadas,
rotas
por el golpe preciso del cincel,
exhibiréis aún durante siglos
el último perfil que os dejaron:
senos inconmovibles a un suspiro,
firmes
piernas que desconocen la fatiga,
músculos
tensos
en su esfuerzo inútil,
cabelleras que el viento
no despeina,
ojos abiertos que la luz rechazan.
Pero
vuestra arrogancia
inmóvil, vuestra fría
belleza,
la desdeñosa fe del inmutable
gesto, acabarán
un día.
El tiempo es más tenaz.
La tierra espera
por vosotras también.
En ella caeréis por vuestro peso,
seréis,
si no cenizas,
ruinas,
polvo, y vuestra
soñada eternidad será la nada.
Hacia la piedra regresaréis piedra,
indiferente mineral, hundido
escombro,
después de haber vivido el duro, ilustre,
solemne, victorioso, ecuestre sueño
de una gloria erigida a la memoria
de algo también disperso en el olvido.
violentamente deformadas,
rotas
por el golpe preciso del cincel,
exhibiréis aún durante siglos
el último perfil que os dejaron:
senos inconmovibles a un suspiro,
firmes
piernas que desconocen la fatiga,
músculos
tensos
en su esfuerzo inútil,
cabelleras que el viento
no despeina,
ojos abiertos que la luz rechazan.
Pero
vuestra arrogancia
inmóvil, vuestra fría
belleza,
la desdeñosa fe del inmutable
gesto, acabarán
un día.
El tiempo es más tenaz.
La tierra espera
por vosotras también.
En ella caeréis por vuestro peso,
seréis,
si no cenizas,
ruinas,
polvo, y vuestra
soñada eternidad será la nada.
Hacia la piedra regresaréis piedra,
indiferente mineral, hundido
escombro,
después de haber vivido el duro, ilustre,
solemne, victorioso, ecuestre sueño
de una gloria erigida a la memoria
de algo también disperso en el olvido.
lunes, 7 de enero de 2013
Bárbara, Jon Juaristi
Vuelvo a leer tus cartas de hace un siglo,
de cuando estaba en el cuartel, ¿recuerdas?,
o en la trena, mi amor, no exactamente
en la Cárcel de Amor, o en las terribles
provincias que he olvidado. Amarillean
los sobres de hilo, corazón. Los sellos
habrán cobrado algún valor. No en vano
oro es el tiempo de la filatelia.
Me hablas de tu fractura de escafoides,
de tu dolor de muelas, de tu perro,
de lo mal que lo pasas en agosto,
de una excursión a Andorra... Poco a poco,
me has vuelto desabrida la nostalgia:
mi dulce bien, no me quisiste nunca.
Canción de aniversario, Jaime Gil de Biedma
Porque son ya seis años desde entonces,
porque no hay en la tierra, todavía,
nada que sea tan dulce como una habitación
para dos, si es tuya y mía;
porque hasta el tiempo, ese pariente pobre
que conoció mejores días,
parece hoy partidario de la felicidad,
cantemos, alegría!
Y luego levantémonos más tarde,
como domingo. Que la mañana plena
se nos vaya en hacer otra vez el amor,
pero mejor: de otra manera
que la noche no puede imaginarse,
mientras el cuarto se nos puebla
de sol y vecindad tranquila, igual que el tiempo,
y de historia serena.
El eco de los días de placer,
el deseo, la música acordada
dentro del corazón, y que yo he puesto apenas
en mis poemas, por romántica;
todo el perfume, todo el pasado infiel,
lo que fue dulce y da nostalgia,
¿no ves cómo se sume en la realidad que entonces
soñabas y soñaba?
La realidad -no demasiado hermosa-
con sus inconvenientes de ser dos,
sus vergonzosas noches de amor sin deseo
y de deseo sin amor,
que ni en seis siglos de dormir a solas
las pagaríamos. Y con
sus transiciones vagas, de la traición al tedio,
del tedio a la traición.
La vida no es un sueño, tú ya sabes
que tenemos tendencia a olvidarlo.
Pero un poco de sueño, no más, un si es no es
por esta vez, callándonos
el resto de la historia, y un instante
-mientras que tú y yo nos deseamos
feliz y larga vida en común-, estoy seguro
que no puede hacer daño.
porque no hay en la tierra, todavía,
nada que sea tan dulce como una habitación
para dos, si es tuya y mía;
porque hasta el tiempo, ese pariente pobre
que conoció mejores días,
parece hoy partidario de la felicidad,
cantemos, alegría!
Y luego levantémonos más tarde,
como domingo. Que la mañana plena
se nos vaya en hacer otra vez el amor,
pero mejor: de otra manera
que la noche no puede imaginarse,
mientras el cuarto se nos puebla
de sol y vecindad tranquila, igual que el tiempo,
y de historia serena.
El eco de los días de placer,
el deseo, la música acordada
dentro del corazón, y que yo he puesto apenas
en mis poemas, por romántica;
todo el perfume, todo el pasado infiel,
lo que fue dulce y da nostalgia,
¿no ves cómo se sume en la realidad que entonces
soñabas y soñaba?
La realidad -no demasiado hermosa-
con sus inconvenientes de ser dos,
sus vergonzosas noches de amor sin deseo
y de deseo sin amor,
que ni en seis siglos de dormir a solas
las pagaríamos. Y con
sus transiciones vagas, de la traición al tedio,
del tedio a la traición.
La vida no es un sueño, tú ya sabes
que tenemos tendencia a olvidarlo.
Pero un poco de sueño, no más, un si es no es
por esta vez, callándonos
el resto de la historia, y un instante
-mientras que tú y yo nos deseamos
feliz y larga vida en común-, estoy seguro
que no puede hacer daño.
Quod erat demostrandum, Miguel D'Ors
Nel mezzo del cammin di nostra (bueno, ya sé que a estas alturas —año 44 de mi vida— este comienzo peca de notorio optimismo, pero también es cierto que nadie negará su calidad estética, comprobada a lo largo de casi siete siglos, y como, encima, corren vientos culturalistas y céfiros sutiles de intertextualidad, miel sobre hojuelas); como estaba diciendo, a estas alturas en que ya tengo claro, irreversiblemente, lo que nunca seré, o, con otras palabras, habiendo descubierto que Dios no me introdujo en Su Creación para ser el primero de la clase, ni el hijo que mis padres soñaron, ni el hermano modelo; con certeza absoluta de que el papel (ahora un ligero toque calderoniano) que me fue asignado en este Gran Teatro por su Divino Autor no era el de campeón olímpico de nada, ni el de buen alpinista —y mira que lo siento—, ni el de príncipe azul de la que es mi mujer (ni, por lo visto, de ninguna otra), ni el de papá perfecto; ya sabido definitivamente que tampoco nací para ser un maestro de la Filología, ni siquiera —según consta en cierto expediente más o menos gallego (aunque no de Galicia, y yo me entiendo)— un mero catedrático de una Universidad pobre, torpe, mezquina y, por si fuera poco, además española, y que a la Poesía —libros cantan (es un decir, porque cantar, lo que se dice cantar, poquita cosa)— le soy perfectamente prescindible; y no teniendo grandes (ni siquiera medianas) perspectivas en el corto horizonte que me espera (porque mucho me temo que la nieve de Wyoming se quede como estaba y que a los yanomanis tenga que seguir viéndolos silenciados, inmóviles y planos en National Geographic, y en cuanto al jazz, es superimposible que llegue a parecerme —ni a cincuenta kilómetros de distancia— a Louis Armstrong, Duke Ellington o el Pájaro, sin olvidar el conocido hecho de que a todas mis buenas intenciones les sale siempre al paso miguel d’ors y lo echa a perder todo), no le encuentro a mi vida otro motivo (la causa, en escolástico, finalis), otra razón de ser, otro sentido que cumplir el designio que Dios trazó desde antes del comienzo del tiempo —Él sabrá Sus porqués— de soltar por el mundo a un tontolaba químicamente puro. Designio inescrutable y sagrado, que acepto, alabo y agradezco. Y que, modestia aparte pero franqueza no, no voy siguiendo del todo mal: cuando la muerte venga —ahora Jorge Manrique— a llamar a mi puerta, por lo menos podré decir: «Misión cumplida: fui el fracaso perfecto.»
Canción de amor, Rainer María Rilke
¿Cómo he de sujetar mi alma,
que no toque la tuya?
¿Cómo dirigirla por encima de ti,
a las otras cosas?
Ay, bien preferiría a algo lejano,
perdido en la tiniebla someterla,
en un extraño sitio en paz,
que no temblase cuando
tiemblan tus entrañas.
Pero cuanto nos toca a ti y a mí,
nos une, como un arco de violín
que de dos cuerdas saca una voz sola.
¿En qué instrumento estamos los dos tensos?
¿Qué músico nos tiene entre sus manos?
¡Oh, qué dulce canción!
que no toque la tuya?
¿Cómo dirigirla por encima de ti,
a las otras cosas?
Ay, bien preferiría a algo lejano,
perdido en la tiniebla someterla,
en un extraño sitio en paz,
que no temblase cuando
tiemblan tus entrañas.
Pero cuanto nos toca a ti y a mí,
nos une, como un arco de violín
que de dos cuerdas saca una voz sola.
¿En qué instrumento estamos los dos tensos?
¿Qué músico nos tiene entre sus manos?
¡Oh, qué dulce canción!
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